COLESTEROL - 13 de febrero de 2026
Hay mujeres que, al llegar la menopausia, descubren en sus análisis un dato inesperado: el colesterol ha subido sin que su dieta haya cambiado. Los estrógenos, que durante años protegieron el sistema cardiovascular, comienzan a descender y con ellos se altera el metabolismo de las grasas. Es un cambio silencioso pero profundo que explica por qué, a partir de los 50 años, el riesgo de infarto y accidente cerebrovascular se multiplica.
Durante la etapa fértil, los estrógenos mantienen las arterias elásticas y ayudan al hígado a eliminar el exceso de colesterol¹. Con su descenso, el colesterol LDL (“malo”) aumenta, el HDL (“bueno”) desciende y la grasa empieza a depositarse en las paredes arteriales². Además, el cuerpo cambia su forma de almacenar energía: la grasa se acumula con más facilidad en el abdomen, una zona más peligrosa desde el punto de vista metabólico.
Estos cambios pueden intensificarse con el estrés, la falta de sueño o el sedentarismo, todos frecuentes en esta etapa vital³. Pero incluso con un estilo de vida saludable, algunas mujeres desarrollan hipercolesterolemia por predisposición genética o por alteraciones metabólicas que escapan al control de la dieta.
En España, más de la mitad de las mujeres posmenopáusicas tienen cifras elevadas de colesterol o triglicéridos, muchas sin ser conscientes de ello. La enfermedad cardiovascular se ha convertido en la primera causa de muerte en mujeres, por encima del cáncer de mama. Por eso los especialistas insisten en que esta etapa es una oportunidad para revisar no solo el colesterol total, sino también otros indicadores de riesgo menos conocidos, como la lipoproteína(a), un marcador genético que suele aumentar con la menopausia y que no se modifica con la alimentación.
La buena noticia es que existen herramientas eficaces para mantener el corazón sano, desde hábitos diarios hasta opciones médicas que deben valorarse de forma individualizada.
Moverse a diario sigue siendo una de las estrategias más poderosas. Caminar, nadar o practicar bicicleta mejora la circulación y aumenta el colesterol “bueno”. Incorporar ejercicios de fuerza ayuda a conservar la masa muscular y a mantener un peso estable⁴.
Cuidar la alimentación también es clave. La dieta mediterránea (rica en aceite de oliva virgen extra, verduras, legumbres, frutos secos y pescado azul) es un auténtico escudo para el corazón. Sus ácidos grasos omega-3 y antioxidantes contribuyen a reducir la inflamación y el colesterol LDL⁵.
Sin embargo, hay ocasiones en las que los cambios de estilo de vida no bastan. En mujeres con colesterol genéticamente alto o con un riesgo cardiovascular elevado, los médicos pueden recomendar el uso de estatinas u otros fármacos hipolipemiantes, que reducen el colesterol LDL de manera eficaz y previenen complicaciones cardiovasculares⁶.
Además, en determinadas mujeres, especialmente si la terapia se inicia antes de los 60 años o dentro de los primeros diez años tras la menopausia, la Terapia Hormonal de la Menopausia (THM) puede ofrecer un beneficio adicional. No solo alivia síntomas como los sofocos o la sequedad vaginal, sino que también puede ayudar a mantener la salud vascular, al actuar sobre una de las causas de fondo del desequilibrio lipídico: la pérdida de estrógenos⁷,⁸.
Gestionar el estrés es el tercer factor preventivo. El cortisol, la hormona del estrés, puede elevar el colesterol y la glucosa en sangre. Practicar meditación, yoga o técnicas de respiración profunda ha demostrado mejorar la salud metabólica y reducir la tensión emocional⁹.
Conclusión
La menopausia no es el final de una etapa, sino el comienzo de otra en la que el cuerpo exige atención y autocuidado. Consultar con el médico, conocer los propios niveles de colesterol y lipoproteína(a), y considerar todas las opciones disponibles (desde los hábitos saludables hasta los tratamientos farmacológicos u hormonales) permite tomar decisiones informadas y prevenir a tiempo.
Bibliografía
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